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La arquitectura de la energía

A raíz de las exigencias medioambientales, los específicos debates sobre la sostenibilidad y las primeras consecuencias sociales del cambio climático en las ciudades occidentales, se ha puesto el punto de mira en la energía.

Y la arquitectura, como campo ineludiblemente ligado a la sociedad, no podía ser ajeno a este fenómeno. La reflexión crítica sobre energía y arquitectura comenzó con la primera modernidad (años 20), cuando el Estilo Internacional proponía una forma de construir “racional”, igual para cualquier lugar del mundo y para cualquier clima, en la que el confort se resolvía a posteriori mediante máquinas.

Pero la discusión y la bibliografía sobre el tema incrementó tras la crisis del petróleo de los años 70, cuando la sociedad se dio cuenta de que el confort tenía un coste. Y no solo eso, sino que también se reconoció que la base energética sobre la que se sustentaba todo el sistema de vida y consumo occidental era limitada, y que había que hacer un uso más sostenible y eficiente de los recursos naturales.

En 1991 el arquitecto y crítico Luis Fernández-Galiano escribió un libro titulado El fuego y la memoria: sobre arquitectura y energía. En él, el autor desarrolla un discurso sobre el tema, enfocándolo desde distintas perspectivas, como pueden ser la antropología y la economía, pero muy especialmente desde la ecología y la termodinámica.

arquitectura sostenible en Ingennus

Este discurso teórico habla sobre principios fundamentales que pueden tener perfecta validez hoy en día, casi 30 años después de que se publicaran. En el libro, Fernández-Galiano considera que hay tres tipos de arquitectura de la energía:

– Arquitectura activa: la que genera energía. Es el tipo basado en la primera ley de la termodinámica (un sistema puede intercambiar energía con su entorno en forma de calor o trabajo, y acumularlo como energía interna). Este tipo entiende los edificios como fábricas de energía con captadores solares, aerogeneradores, vidrios fotovoltaicos, recuperadores de calor, en definitiva, con máquinas.

– Arquitectura pasiva: la que conserva la energía. Este tipo se ampara en la segunda ley de la termodinámica (los procesos naturales son irreversibles y tienden a la homogeneidad de la materia, la energía y la temperatura). Esta arquitectura trata de cumplir su función con la menor demanda posible, es decir, controla las energías naturales y sus flujos en el entorno del edificio. Es una arquitectura preocupada por su adaptación al clima y su rigor constructivo.

– Arquitectura existente o de la rehabilitación. El autor pone la mirada también sobre lo ya construido, apoyándose otra vez sobre el concepto de la entropía y la energía asociada a la materia.

Para entender este punto, es conveniente presentar el término de “energía embebida” introducido por Richard Stein para definir la energía que se utiliza indirectamente en el proceso de construcción; esto incluye la preparación, transporte y ensamblaje de todas sus partes. Es decir, que un ladrillo de un edificio tiene asociado el consumo energético que costó fabricarlo, la parte proporcional de su transporte a la obra y lo que se consumió para colocarlo.

Por lo tanto, esta arquitectura de la rehabilitación trata de conservar esta energía embebida en la materia para evitar el consumo de nueva materia con su correspondiente gasto energético.

eficiencia energética ingennus

De este texto desprendemos entonces tres tipos o tres estrategias arquitectónicas diferentes de relación con la energía. La primera de ellas, basada en el funcionamiento de las instalaciones, cada vez más eficientes y con más peso en el diseño del edificio, para satisfacer a través de energías limpias la demanda energética de la construcción. Por ello, se debe asegurar la instalación de una potencia suficiente que garantice el confort. En consecuencia, si se consigue reducir la demanda energética, se conseguirá reducir el tamaño y el coste de la instalación.

Aquí es donde cobra especial importancia la arquitectura pasiva, porque permite al edificio conseguir, conservar o perder energía por sí mismo cuando sea necesario, sin aportes extra de energía. Por ejemplo, una casa pasiva es capaz de captar directamente de forma natural la energía del sol en invierno y protegerse del mismo en verano. Pero este es solo uno de los muchos factores que considera esta forma de construir, como podrían ser también las orientaciones, los vientos dominantes, la vegetación, o las temperaturas y precipitaciones a lo largo del año.

Estas son las dos estrategias energéticas más comunes que se tienen en cuenta a la hora de hablar sobre energía en la construcción, tanto en medios divulgativos como en los más especializados, y de cuya fusión han nacido conceptos como el de los ECCN (Edificios de Consumo Casi Nulo).

Este tipo de edificios tratan de reducir al mínimo posible sus pérdidas energéticas y compensarlas con instalaciones de alta eficiencia, a poder ser, alimentadas por fuentes renovables. Además, están recibiendo un fuerte impulso político desde la Unión Europea dentro de los planes para reducir las emisiones de CO2 y cumplir con los objetivos 20/20/20 así como el Acuerdo de París, ya que actualmente se estima que en Europa la edificación consume el 40% de la energía total que se produce.

Respecto al tema de las certificaciones, actualmente existen sellos relativos a la eficiencia energética o medioambiental, el diseño pasivo, los ECCN, confort, salud, etc. Tal vez existe un número excesivo de certificaciones de sostenibilidad en el mercado y convendría caminar hacia su unificación y alineamiento con las diferentes zonas climáticas (Passivhaus, BREEAM, LEED, HQE, VERDE, WELL…)

Pero no debemos dejar de lado el tercer tipo enunciado por Fernández-Galiano, y quizás el más sugerente: el de la rehabilitación. El aprovechar lo ya construido, ya no solo la energía embebida en la materia sino también su memoria e información asociada, es un recurso con mucho potencial desde el punto de vista formal, energético e incluso urbano. Este tema también puede abarcar un amplio abanico de propuestas, desde el reciclaje de materiales a la rehabilitación completa de un edificio o su adaptación para nuevos usos.

El mundo cambia, y es inevitable que todo edificio alcance su obsolescencia funcional, pero mediante estrategias de rehabilitación podemos aprovechar todo el potencial que ese edificio todavía tiene, y transformarlo reduciendo los aportes de energía. Podríamos incluso llegar a plantear las nuevas edificaciones con criterios de flexibilidad que faciliten su futura transformación, haciendo aún más eficiente su rehabilitación.

rehabilitación de la estación internacional de canfranc

Ninguno de estos tipos de arquitectura de la energía podemos decir que es mejor que otro en términos absolutos; cabría estudiar la solución más adecuada para cada situación concreta, y siempre teniendo en cuenta que en la realidad práctica los sistemas son mixtos y un edificio puede ser rehabilitado perfectamente aplicando criterios activos y pasivos.

En definitiva, el cambio climático nos plantea desafíos técnicos y sociales tan grandes que evidencian la crisis sistémica del modelo de vida actual. Y para afrontarlos, debemos situar el debate sobre energía y arquitectura en un primer plano y actuar en consecuencia.

En Ingennus estamos comprometidos con la sostenibilidad, dando pasos hacia un futuro menos dependiente de las energías no renovables. Como muestra de ello hemos desarrollado varios proyectos bajo criterios Passivhaus (estrategia activa y pasiva) como Torre Zaragoza, una vivienda ECCN en Montecanal o 36 Viviendas Passivhaus en Urduliz; o edificios certificados con el sello BREEAM como el edificio de viviendas “Residencial Marqués de la Cadena” en Zaragoza.

edificio de torre zaragoza de ingennus

Por otro lado, también participamos en proyectos ejemplarizantes de rehabilitación, como podrían ser las rehabilitaciones de la antigua Estación de Canfranc y su transformación en un hotel, o la rehabilitación del Hotel Meliá de Zaragoza y su transformación parcial en edificio de viviendas. Son unos muy buenos ejemplos para demostrar cómo los edificios pueden tener muchas vidas y que la materia que los forma tiene un gran valor energético, histórico y ambiental, ya que lo más sostenible siempre será aprovechar lo que tenemos.

 

Vicente Bellosta 

(Arquitecto, Ingennus Urban Consulting)